El Hijo del Acordeonista

Bernardo Atxaga

por Capitán Blood

 

 Tras “Obabakoak” y “El hombre solo”, con “El hijo del acordeonista” Bernardo Atxaga cierra la trilogía dedicada a ese mundo imaginario que el autor ha creado alrededor del pueblo de Obaba, los montes que lo circundan y las gentes que lo habitan.

 El título parece avisarnos de que, Atxaga nos va a llevar de regreso a su – y de algún modo nuestra- infancia en el pueblo de Obaba. La del “acordeonista”, es una de esas profesiones que, no hace tantos años, aun resistían en pueblos y pequeñas ciudades, junto con barberos, afiladores, herreros, titiriteros. Esos personajes que parecen simbolizar una realidad pasada que hace tiempo dejó de existir.

 Es ese mundo desaparecido el que rescata Atxaga para contarnos la historia de dos amigos David (el hijo del acordeonista) y Joseba. Funde el tiempo desde la posguerra hasta final de siglo, funde el espacio desde Obaba hasta California, funde verdugos y víctimas hasta que la frontera entre ambos se difumina intercambiando sus papeles, funde las voces, para contarnos desde distintas perspectivas los mismos hechos, aunque, en realidad, todas acaban siendo la misma voz: la del propio Atxaga.

 Pero sobre todo, “El hijo del acordeonista” es un motivo, una excusa para rescatar las palabras, todas aquellas palabras que poco a poco se van olvidando y conducen al ostracismo del propio idioma, “cuando uno coge el diccionario de Maria Moliner, ve que de cada veinte palabras hay ocho como mínimo que ya no se utilizan”.

 Y para que esas palabras no se olviden, inventa, para compartir con sus hijas, un juego un tanto contradictorio: guardan las palabras en cajitas de cerillas y las sepultan para que recobren vida de nuevo. Un intento, casi, desesperado de preservar el lenguaje, único instrumento para expresar “Los sonidos del campo, los olores de la casa, los colores de un amanecer, las manos con las que el herrero doma el metal o el carpintero la madera son sensaciones que hay que saber nombrar para retenerlas y que el paso del tiempo no las sepulte”.

 Tampoco se elude en esta novela ningún tema por conflictivo que sea, la guerra civil, la dictadura, los primeros grupos independentistas vascos (no se menciona a ETA), la animadversión del propio David hacia su padre (el acordeonista) como consecuencia de un pasado oscuro y de colaboracionismo con los represores de la posguerra…

 Atxaga, regresa (por fin) a Obaba para despedirse de ella. Por que “el hijo del acordeonista” es, también, una novela sobre la diáspora. El propio David deja con tristeza su tierra a sabiendas de que ya no volverá más, consciente de que la nostalgia y los recuerdos de Obaba le perseguirán durante toda su vida. Esa es la razón de comenzar a escribir en el cuaderno, que posteriormente utiliza Joseba para contarnos la historia, todos sus melancólicos recuerdos. Es de suponer que a Atxaga, a pesar de dar por finalizada sus historias sobre Obaba, le ocurrirá como al protagonista de su novela. Obaba le perseguirá durante toda su vida.

 El autor vasco sabe, con la delicadeza y el intimismo que le caracteriza, trasladarnos a ese territorio mítico que cargado de sentimientos, nostalgia, afectos, recuerdos de la infancia, traiciones, costumbres perdidas, ensoñación, melancolía, tristeza, compromiso… en definitiva: memoria. Y por encima de todo ello el amor y la amistad, capaces de prevalecer por encima de las circunstancias por adversas que éstas sean.

 Obaba se ha convertido en uno de esos lugares míticos (Comala, Macondo…) e imprescindibles del universo literario de cualquier apasionado de la literatura.



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 Bernardo Atxaga, seudónimo de José Iraza Garmendia, nació en Asteasu-Guipuzkoa, en 1951. Licenciado en Ciencias Económicas y en Filosofía y Letras, ha trabajado como maestro, librero, economista, guionista de radio…El reconocimiento le llegó con “Obabakoak”, libro por el que obtuvo varios premios, entre ellos el Nacional de Narrativa y el Premio de la Crítica. A otros títulos como “Un hombre sólo” o “Esos cielos”, hay que añadir un buen número de cuentos infantiles y libros de poesía como “Poemas & Híbridos” (Premio Cesare Pavese 2003 en su versión italiana).