
Al Morir Don Quijote
Andrés Trapiello
por Groucho Allen
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Me
va a resultar muy difícil, en lo sucesivo, recordar el Quijote de Cervantes sin
acordarme del Sancho Panza de Trapiello. Y de su Sansón Carrasco, y de la
sobrina Antonia Quijano, y del ama Quiteria...
Porque eso es lo que ha llevado a cabo el escritor leonés:
convertir en protagonistas a aquellos personajes que, en la obra de Cervantes,
son poco menos que comparsa en las peripecias del Caballero de la Triste Figura
y su escudero.
Y lo hace a partir del preciso instante en que expira Alonso
Quijano. El último aliento del ingenioso hidalgo que cierra la inmortal obra de
Cervantes abre la recién nacida novela de Trapiello.
A partir de entonces, el lector asistirá a la soledad, casi rayana en la
orfandad, en la que se ven sumidos los mentados personajes con la desaparición
del locuelo manchego.
Los preparativos del funeral y el entierro o las gestiones de la
herencia constituyen dos ejes sobre los que discurre la acción al tiempo que
Sansón Carrasco y Sancho Panza van cobrando consciencia de la portentosa
relevancia que adquirirá su desaparecido paisano. Buena prueba de ello lo
constituye también la lectura del primer tomo de las aventuras de Don Quijote
que acaba por llegar al pueblo, al tiempo que no hay quien dude de que acabará
por publicarse una segunda parte con el resto de las aventuras. Y ello da pie a
divertidas secuencias en que todos ellos se sienten objeto de la observación de
un escritor omnisciente que, algún día, dará cumplida cuenta de sus hechos y
palabras. A la manera de un Gran Hermano de la escritura.
Este juego metaliterario le permite a Trapiello secundar al propio
Cervantes, que si ya se insinuó como personaje en algún pasaje del Quijote, en
esta ocasión vuelve a parecer explícitamente, con su nombre y apellidos, en no
pocos capítulos. Y sin dejar de recibir halagos.
Curiosamente, no es Sancho Panza el personaje que asume el principal papel de la
obra. Este cargo parece recaer en el bachiller Sansón Carrasco, que desde los
primeros compases ya comienza a lamentar haberse hecho pasar por caballero
andante y haber derrotado a Don Quijote para hacerlo volver a su pueblo. Acaso
sea porque Andrés Trapiello, nacido en un pequeño pueblo leonés, debió de
verse reflejado en un bachiller con enormes inquietudes lectoras nacido en un
lugar de la mancha. El caso es que Carrasco deviene, en la novela, en el primer
cervantista. Como también deviene en el segundo amante de la sobrina Quijano.
Será ésta una trama novelesca de amores y honras secretas y
perdidas que transcurrirá en paralelo a la tristeza de Sancho, cuya hambre de
saberes crece tanto como decrece su tragón apetito y su orondo apellido. Con
ello, asistimos a un Sancho Panza desprovisto de su perfil más cómico pero
revestido de una silueta más trascendente. Bueno es si, por contraste ante la
reacción de su esposa, nos hace soltar unas buenas risas. No hay que dejar de
aplaudir el modo tan convincente con que Trapiello nos relata de la viuda que
dejó Don Quijote y que nadie pudo nunca sospechar.
Otrosí, hay más divertimentos y susurros y guiños insinuadas una
vez sí y otra también, y que resultan un grato desafío para todos aquellos
que conozcan la historia del Quijote y la de su no menos ingenioso autor.
Si algo cabe reprocharle a Trapiello en esta historia, es no haber abundado un
poco más en las secuencias divertidas, aunque bien traídas están las
peripecias del cortejo fúnebre del Quijote o la venganza póstuma que ejerce
sobre algunos de sus burladores.
El final también me resultó algo precipitado, como si los
personajes tuvieran que concluir su actuación a la vista de que se acerca la última
página. Aunque también esto puede ser una sugestión inducida por las pocas
ganas que servidor tenía de que la historia llegara a su fin.
Por contra, hay que agradecerle mucho a Andrés Trapiello. Por
ejemplo, haber conseguido conducir con tan magistral pulso una historia que se
antoja tan creíble como creíble e increíble es la de Cervantes. Bien es
cierto que no con su mismo lenguaje, pues recurre a un castellano clásico, pero
que en ninguna línea intenta ser cervantista. Y también la de haber
conseguido, a la par que entreteniendo, instruir al lector sobre quién y qué
fue el Quijote.
Dice Trapiello que no es necesario haber leído el libro de
Cervantes para leer el suyo. Y tal vez tenga razón, porque rescata muy bien
muchas de sus trapisondas –y otras que ni falta que hace, pues forman parte
del imaginario colectivo–, pero de la misma manera que «Don Quijote de la
Mancha» invita a leer «Al morir Don Quijote», «Al morir Don Quijote» invita
a leer «Don Quijote de la Mancha». Aprovechen el doble convite.
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