
Las Confesiones de Max Tívoli
Andrew Sean Greer
por Groucho Allen
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La película «Melinda y Melinda» de Woody Allen retrata las dos narraciones bien distintas que construyen dos escritores a partir de unos mínimos datos de una historia. Un resultado es bien cómico; el otro, no puede ser más trágico. Con ello, el genial neoyorquino construye un filme fabuloso con dos argumentos similares y a la par, bien distintos.
Imaginemos que esos dos escritores fuesen Andrew Sean Greer y (he
dicho que imaginemos) un servidor. Pongamos que las premisas que nos facilitan
para construir una historia es ésta: la vida de un tipo que nace con apariencia
anciana y que, según transcurre el tiempo, rejuvenece en lugar de envejecer. En
sentido contrario circulará su mente: de la infancia a la senectud.
Pues bien, este servidor no hubiese logrado construir más que una
comedia, nutrida por una sucesión de disparates y equívocos con mayor o menor
fortuna. En cambio, mi contendiente lo que ha conseguido es un drama formidable,
estremecedor, originalísimo, absorbente y bellísimo.
Construida en primera persona, «Las confesiones de Max Tívoli»
es, como su título sugiere, la autobiografía de este formidable monstruo, cuyo
reloj biológico hace correr sus manecillas al revés. Desde su primera línea,
queda bien clara la vocación de la novela: «Cada uno de nosotros somos el amor
de la vida de los demás».
Es pues, una historia de amor como no puede haber otro igual a este
lado de la realidad. Pero tal vez similar, como rezan las fajas del libro, a
creaciones como «Frankenstein» –en tanto en cuanto un engendro se siente
incapaz de recibir el amor que da–. Pero, en la medida en que la pasión
arranca con el amor de un viejo por su vecinita de catorce años, también se
pueden encontrar ecos de la pederastia de «Lolita», de Vladímir Nabokov –e
incluso alguna similitud con el relato «Memorias de mis putas tristes», de
García Márquez–. Sin embargo, los amigos de la censura y la corrección política
tendrán bien complicado poner el grito histérico en el cielo en esta ocasión.
El vejestorio que nos ocupa ahora no es ningún pedófilo, sino un niño como
ella.
Y si en su día nos creímos a pies juntillas el tormento interior
de la criatura de Mary Shelley, ahora no cabrá otro remedio que claudicar ante
la construcción de Andrew Sean Greer. El personaje se nos hace tan convincente
como sólo puede lograrlo la maestría de un autor nos hace pasar por verdad lo
que es mentira.
«Cada uno de nosotros somos el amor de la vida de los demás»
también es una forma de decir, supongo, que cada quien tiene también más de
un amor en la vida. Eso cabe pensar, al menos, al percatarnos de que la novela
es, en esencia, una carta del protagonista dirigida al hijo que nunca le conoció,
donde le explica las circunstancias de su prodigiosa desdicha. Pero tampoco
faltan las palabras dirigidas a ese primer amor que jamás le reconocería, ni
al fiel amigo del que sólo sabremos su más recónditos secretos en las páginas
finales.
Aprovecho esto último para decir que, más allá de los
sentimientos encontrados y perdidos, esta historia va trabando, con la belleza
de unos renglones que más bien se antojan versos, un suspense y unas
interrogantes que encontrarán sus más sorprendentes giros y respuestas en un
impecable desenlace, de los que van a dejar su huella en forma de lágrima en
sus lectores. Más de lo mismo cabría decir de su ubicación en las postrimerías
del XIX e inicios del XX en Estados Unidos.
Sólo me cabe asignar un pero bastante molesto: el de una traducción
que no se encuentra precisamente al nivel de la obra. Expresiones como «fue por
esto que» o el término «posicionarse», junto a oraciones que no contienen la
musicalidad o términos que no poseen el acierto del resto, actúan en el lector
como un chirrido o una interferencia. Ello me trajo al recuerdo errores
similares en la novela «Vida de Pi». Cotejé el nombre del traductor de ambos
libros. Era el mismo: Bianca Southwood.
Sin embargo, no me queda el menor resquicio de duda. «Las
confesiones de Max Tivoli» ya se encuentra en mi estantería. Y allí me
aguarda sabiendo que algún día, volveré a sumergirme en sus inolvidables páginas.