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Víctor
Alba, un músico con más oficios que beneficios, vuelve a Madrid casi veinticinco años
después de que el amor por Elena le hiciera huir de España. Su retorno
no podría haberse producido
en un momento más funesto: Horacio, el marido de Elena, acaba de morir en
extrañas circunstancias, poco después de asesinar a un desconocido en
plena calle. A
partir de aquí, y atendiendo al desesperado ruego de Elena, Víctor se
verá investigando los últimos momentos de Horacio, convocando unos
fantasmas del pasado que a la postre pueden ser sus propios fantasmas, y
descubrirá que debajo de las cenizas aún yacen rescoldos que pueden
volver a prender en cualquier momento. De las cenizas es un thriller donde la acción trepidante no supone una renuncia a las emociones y sentimientos de sus personajes: una apasionante novela que mereció el XXIII Premio Felipe Trigo. En todas las librerías a partir de Enero 2005 |
El autor ha elegido este capítulo del libro como muestra exclusiva para todos los usuarios de cafedeartistas
(Gracias, Adagio)
De momento, jugué como un niño con los tubitos de aire del jacuzzi, dirigiendo sus caños burbujeantes hacia los lugares más inverosímiles de mi cuerpo, dejándome llevar por el ronroneo monótono de la instalación. Pero algo se me había revuelto por dentro. En cierto modo, ya lo tenía revuelto veinticuatro horas antes, una vez recibido el mensaje de Elena vía Nueva York. No era normal la contumacia del productor, empeñado en que repitiese una y otra vez el mismo solo —“No estás en el tema, Vic, no estás en el tema”, canturreaba el cabrito—. Como si yo no lo supiera: se había pasado el día regañándome, poniendo pegas. Una vez le expliqué la mala noticia, pareció comprensivo, o simplemente práctico, y prefirió liberarme antes que seguir padeciendo una sesión tan interminable como inútil.
Resultaba difícil recordar. Demasiados años para que los recuerdos lleguen limpios a la memoria. Demasiado tiempo rumiando los hechos como para traerlos ahora al presente redimidos de toda fantasía, de sublimaciones o metamorfosis interesadas. Sucedía como con las películas o los libros leídos en la infancia, que te dejan un poso, una sensación híbrida entre el sueño y la vigilia y, encalladas en algún rincón, media docena de imágenes decisivas cuya fidelidad queda velada por el paso urgente de la vida.
Así había sido con Elena. Era incapaz de recordar la fecha de nuestra despedida, si es que la hubo de forma expresa, aunque sí, desde luego, el año largo de intensa relación. Una historia vulgar, en el fondo, de las muchas que puedan escucharse a cualquiera en cualquier lugar del mundo. Pero era mi historia, y eso la hacía diferente a las demás. Hay fechas que se graban en la crónica personal como si fueran una cremallera, la apertura o el cierre de grandes paréntesis que acotan tramos decisivos en el recuento de nuestras piruetas. Y ella había sido una de esas huellas, puede que la más irrefutable si hubiera que atenerse a sus efectos.
Arrullado por el agua vibrante y el placer del abandono, el pensamiento escapó por su cuenta mucho más lejos, hasta Zarriegos, una aldea cacereña con sus encinas, sus cerdos, sus caciques y su castillo: un montón de escombros, pero castillo al fin. De aquel paisaje, severo o dócil según el ánimo de quien lo contemple, había salido yo, un paletillo extremeño que llegó a Madrid con once añitos recién cumplidos a principios de los sesenta para afincarse en uno de los poblados de absorción diseñados por los planes de desarrollo. Extraordinaria aventura para toda la familia. Mi padre dejó de cuidar las fincas de don Modesto Dorado en el pueblo para convertirse en el hombre de confianza que vigilaba sus solares en la capital. Todo un ascenso.
Mi madre no vivió mucho para disfrutar de tal progreso; se ahorró al menos una larga convalecencia, y nosotros apenas tuvimos tiempo para hacernos a la idea de que se nos iba, y de lo que ese radical abandono significaría para la familia. Yo tenía entonces dieciséis, y estudiaba: el único con ese privilegio, porque mis dos hermanas mayores ya se ganaban algunas pesetas para mantener la costosa existencia en la ciudad, y a la pequeña le esperaba destino parecido en cuanto acabase la enseñanza básica. El fallecimiento de mi madre acabó con todo proyecto común. Mi padre regresó al pueblo, y con él, a regañadientes, lo hicieron mis hermanas. Pese a que nunca le oí confesarlo, estoy seguro de que él vivió su estancia en la gran ciudad más como pesadilla que como sueño de gloria; porque era inteligente el viejo, a su manera. Y a mí me dejó en Madrid, empeñado en que me convirtiese en un hombre de provecho.
Cuando el gel empezó a hacer de las suyas en la bañera y la espuma me alcanzó, cosquilleante, la nariz, me zambullí en el agua tibia disfrutando del ruido metódico de los chorros hasta donde pude aguantar la respiración. El vaho difuminaba los límites del cuarto de baño, y yo intentaba reunir mis pensamientos entre aquella neblina cariñosa con la desazón del pastor que busca su rebaño desperdigado por el monte tras una culpable y larguísima siesta.
La verdad es que nunca fui un buen estudiante; repetidor impenitente, de esos que necesitan al menos dos años por curso, no llegué a la universidad hasta los veinte cumplidos. Por evitar gastos a mi padre, que desde la lejanía contemplaba mi desidia con paciencia intachable, hube de trabajar en chapuzas de toda índole. Tampoco me iba mal en el juego, y no pocas de mis estrecheces fueron paliadas por un buen full o un órdago en el momento preciso. Un tipo con suerte. En tercero conocí a Elena, y decidí que efectivamente era un hombre afortunado. Ella había ingresado ese curso, y ambos militábamos en el Partido. La idealicé desde el primer día, en una sesión ordinaria del Comité de Estudiantes, una reunión que me pasé en blanco, absolutamente agilipollado por su presencia. A partir de ahí, vivimos juntos un año y pico de locura, el mejor período de mi vida. Hasta que Horacio entró en escena. Él no era un cualquiera, al menos para mí. Porque Horacio era hijo de Modesto Dorado, el patrón de mi padre. Tres años mayor que yo, licenciado ya en Empresariales por la Universidad de Deusto, en aquellas fechas cursaba Publicidad en Madrid: un portento, sobre todo si alguien se atrevía a compararlo conmigo. Un par de años antes, había coincidido con él en una reunión del Partido, y me sorprendió encontrar entre nuestras filas al hijo de un especulador afín al franquismo. Sin embargo, en ese tiempo demostró sobradamente su fidelidad a la causa democrática, y el hecho de ser paisanos labró entre nosotros una inesperada corriente de simpatía, una relación hasta cierto punto abierta.
Por mi gusto, me habría quedado horas en la bañera hasta convertirme en un pellejo rugoso, pero al fin y al cabo era sólo un invitado ocasional a quien esperaban para almorzar. Alcancé la ropa a través del espeso manto de vapor para encender un cigarrillo que finalmente tuve que abandonar ante la resistencia del papel humedecido. Un pez de tierra en un mundo de agua aérea. Eso parecía, eso era. Frente al espejo, no lograba descubrirme sino como sombra luminosa, un personaje disuelto, incapaz de evocarse a sí mismo. Permanecí ante la luna empañada mientras me esforzaba por recomponer el millón de pedacitos brillantes que se suponía debían formar mi doble, mi reflejo. No, no era capaz de hacerlo.
Imposible recomponerse cuando uno ha quedado reventado en miles de trozos. Y eso precisamente comenzó a sucederme cuando Horacio y Elena se conocieron. Al principio, se estableció entre nosotros una magnífica simbiosis, con salidas conjuntas, debates sesudos sobre cómo arreglar el mundo, cenas en grupo y diversión sin límite. Así, hasta que me lo dijeron. No se ocultaron, es cierto, y lo afrontaron juntos: se querían, yo era su mejor amigo, esperaban que comprendiera la situación y que siguiera siéndolo. En aquella época enarbolábamos la bandera del amor libre con igual fe que los meapilas exhiben escapularios. Ella fue consecuente; yo no, yo sentí que me arrancaban a tirones una parte importante de mí mismo. Sabía que se trataba de una emoción burguesa y me negué a reconocerlo en voz alta, pero ni la más rotunda dialéctica materialista lograba disuadirme del análisis pragmático de la realidad: estaba muy jodido. Si hasta entonces había disfrutado de las ventajas del amor libre, de su cara más alegre, no parecía un discurso razonable negarles a ellos ese mismo derecho natural. Uno vivía entonces la obligación de ser fiel a sus principios ideológicos, y por muy podrido de rabia que estuviese, tenía que demostrar a diario que era un progresista de los pies a la cabeza, sin obviar en ese trayecto la ineludible y dolorosa escala en los testículos.
Se casaron en otoño, cuatro meses después de su confesión. Conservé con ambos una relación de camaradería, y aunque él desapareció de la universidad y de las reuniones políticas a medida que se fue integrando en los negocios de su padre, mi contacto con Elena se mantuvo. Ella juraba que era feliz con él, pero defendía a toda costa una independencia que Horacio siempre había respetado, así que nos veíamos en clase, coincidíamos en las aún clandestinas actividades políticas y, con cierta asiduidad, salíamos solos al cine o a cenar. Pero el aroma sabroso de su carne, el sabor húmedo de su aliento, los juegos tortuosos sobre su añorada geografía eran para mí un terreno ya vedado, una insoportable reminiscencia de tiempos placenteros.
Froté el espejo con los dedos y allí, asomada a una rendija, apareció por fin mi desvaída silueta cortada en trazos diagonales, entre los surcos abiertos por las yemas en aquel rocío artificial. Se me veía viejo. Más que viejo, antiguo. Aunque tal vez fuera una simple excusa para justificar mi fastidio, mi escepticismo crecido, mi imparable carrera personal hacia la decepción.
Nunca fui capaz de aventurar lo que habría sido de mí de no haber pasado lo que pasó. Es posible que hubiese cometido una tontería, una burrada quizá, imposibilitado como estaba para olvidar a Elena, la Elena que yo había tenido junto a mi piel. Pero en ocasiones no sirve de nada darle vueltas a los hechos porque extrañas energías, como terminaciones nerviosas de un cuerpo invisible que todo lo envuelve, se encargan de zanjar ciertas cuestiones al margen de todo deseo particular. Unos lo atribuyen a dioses de distinto pelaje, otros creen en el destino o en la casualidad. Para mí, a estas alturas, el verbo creer carece de significado absoluto y me limito a mirar sin hacerme preguntas que nunca he sabido responderme. El caso es que las cosas vinieron solas. Fue a primeros de marzo. Por la mañana, Elena y yo habíamos participado en una manifestación contra la muerte de unos trabajadores en Vitoria por disparos de la Policía. Había otra similar convocada para última hora, tan ilegal como la primera. Tras pasar la tarde juntos, nos unimos a los grupos que saltaban en las cercanías de la plaza de Legazpi. No hubo contemplaciones: los grises se emplearon con idéntica bestialidad que cuando vivía el recién enterrado dictador, y nos vimos envueltos de repente en una barahúnda de gases, carreras y golpes.
Aún hoy podía recordar los detalles más insignificantes de La Parada, el mesón donde nos refugiamos. Difícil de olvidar ese nombre porque, como si algo hubiese programado minuciosamente los acontecimientos, fue en sus alrededores donde empezó a detenerse para siempre nuestra relación. Pasamos un rato allí dentro, a la espera de que escampase. Al salir, no se veía más allá de media docena de metros entre el velo del humo lacrimógeno. Hubo varios estampidos, como golpes secos de vara sobre la piedra. Cuando quise reaccionar, Elena tenía la cara y la ropa manchadas de sangre. En el suelo, a nuestros pies, un chico yacía inmóvil con un manantial rojo despuntando de su cuello y serpenteando lentamente por la acera. Creí ver a otros dos o tres heridos entre la niebla, y a un grupo que se acercaba a socorrerlos. Una escena espectral, de las que nunca se te borran. Yo estaba acojonado, sin saber de dónde procedían ni cuál era el blanco de los disparos que seguían sonando de vez en cuando. Elena sufría una inquietante crisis nerviosa. Ni yo ni nadie sería capaz de explicar cómo pude salir de allí con ella.
Acabamos en mi buhardilla. Afortunadamente, Elena no estaba herida. Temblaba igual que si hubiese pasado varias horas desnuda a la intemperie, pero eso era todo. Imaginar lo cerca que ambos anduvimos de la muerte fue una experiencia muy traumática. Bebimos durante horas intentado calmarnos, oscilando alternativamente entre la colérica impotencia y un desaliento sin límites.
Torpe,
pesado como una barrica, desperté a eso de las tres de la madrugada por culpa
de la machacona estridencia del timbre. Era Horacio. Estaba furioso. No le
faltaba razón porque ni siquiera hubo una llamada tranquilizadora para él.
Pero en ningún momento pensé que fuese tan tarde; además, yo no tenía teléfono
y, qué coño, no iba a buscar una cabina en esas condiciones. Fue muy rotundo.
Me lo dijo como amigo.
Que no estaba dispuesto a renunciar a Elena, y que era capaz de una locura si
alguien se interpusiese. Y yo lo estaba haciendo, me gritó. De nada sirvió
jurarle con mi lengua de trapo y mi cerebro preñado de alcohol que no pretendía
tal cosa, y que tampoco estaba forzando la libertad de Elena. Desapareció con
ella y ahí se acabó todo. Casi todo. Pasó una semana sin que diese señales
de vida. Cuando lo hizo de nuevo fue para afrontar el problema: mejor no vernos,
aunque eso no significase una renuncia definitiva a nuestra amistad. Eso dijo.
Pero allí terminó todo.
Escocía recordar aquellas experiencias después de años encerradas en el trastero de la memoria y con un montón de otros recuerdos encima para evitar que saltasen al presente. A pesar de mi empeño por enmudecerlas y hacer de ellas triviales fósiles de una existencia pretérita, picoteaban a veces junto al corazón como minúsculas pulgas rabiosas. Ahora, mientras me arreglaba con incómoda parsimonia, volvían a hacerlo, pero habían crecido hasta el tamaño de rapaces.