
El Hombre de los Dados
por Groucho Allen
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Es, con diferencia, uno de los libros más arrolladores e hipnóticos que he leído en mi vida. De esos que te hacen odiar tu repleta agenda, porque te impide dedicarle todo el tiempo que se merece y te mereces.
Sólo su argumento basta para despertar la curiosidad, sembrar la
inquietud y despejar cualquier indiferencia: un psiquiatra, hastiado de la vida
y escéptico de todo, decide un día que cualquier acción que tenga que
realizar -por nimia que sea- cualquier actitud que deba adoptar -por
trascendente que
resulte- será determinada por el azar. Así pues, se someterá al dictado de
los dados. Antes de arrojarlos, habrá asignado un comportamiento a cada una de
las caras, tanto si le gustan como si no. Y en función de la numeración que
haya quedado boca arriba, habrá de ejecutarla, le agrade o no. Sin
contemplaciones. Todo ello, por supuesto, afecta a sus relaciones con los demás:
a su mujer, a sus hijos, a sus colegas, a sus amigos, a sus pacientes.
Una de las grandezas de este libro es que, al poco de emprender el
protagonista su dislocado propósito, ya da la sensación de que no se puede
rizar más el rizo. Pero vaya si se puede. El protagonista -que comparte nombre
y profesión con el autor- siempre da una vuelta de tuerca más a su
insania, da un nuevo coup de force a su equilibrio mental. Y todo ello no deja
de componer un cuadro surrealista con un marco realista, de modo que el lector
acaba contagiándose, en cierto modo, del sadomasoquismo psicológico de «El
hombre de los dados».
Otro de los méritos de la historia estriba en que el demencial
propósito acaba por extenderse a muchos de los personajes que rodean a Luke,
pero éste nunca deja de ser el epicentro. La ansiedad que provoca cada uno de
los despropósitos del protagonista crea tal angustia en el lector hace
prolongar la lectura para acallar la intriga (pero ésta no hará más que
crecer y crecer, y se agradecerá enormemente que el libro sea tan generoso en
paginación). A título personal, comparo la ansiedad que crea esta historia con
la que me dejó «Ensayo sobre la ceguera» de Saramago.
Su redacción en primera persona contribuye a hacer más
acadabrante su descenso a los infiernos mentales. Y si en determinados pasajes
la narración acontece con la tercera persona, el cambio, más que resultar
nocivo para la lectura, resulta beneficioso, ya que participa en la sensación
de
desestructuración de Rhinehart. Y todo ello da pie a emplear numerosas
licencias estilísticas que dan riqueza literaria a la historia.
El libro no está exento de erotismo. Más bien al contrario. Son
numerosos los pasajes en que el erotismo brilla por su presencia. Y en
ocasiones, alcanza no ya la pornografía -por la explicitez de las expresiones-,
sino también la parafilia y el delito -por la naturaleza de los hechos-.Y la
filosofía participa en tanta o más cuota. La reflexión acerca de la
responsabilidad individual y la identidad de la persona conforman un hilo
narrativo de primera magnitud.
Se da por sentado, sin embargo, que junto a las atrocidades que
Rhinehart comete consigo mismo y con sus seres queridos y odiados, discurren
escenas de auténtico humor (más o menos macabro o disparatado). En ocasiones,
pueden llegar a la hilaridad, aunque sólo sea como un modo de que el lector
liberela tensión acumulada.
Curiosamente, el capítulo que más plomizo me resultó fue el
primero. Pero como quiera que ésta puede ser una sensación que sea fruto del
momento en que lo leí más que de la pretendida objetividad de quien ésto
comenta, no habrá que darle más importancia de la que no tiene. Entre otras
cosas, porque no empeña ni un ápice la grandiosidad de la empresa.
Lo que ya cuesta más de comprender es cómo el libro ha tardado más
de 30 años en traducirse al castellano. Publicado por primera vez en Estados
Unidos, la obra ha dado lugar, según reza la contratapa del volumen, a un gran
número de películas, series de televisión, juegos y canciones. Y
también, según reza el currículum del autor, a otros libros relacionados con
éste, y que, si se intenta hacer justicia, habrá de traducirse con una mayor
celeridad.
«El Hombre de los Dados»
Luke Rhinehart.
Ediciones Destino. 2003. Unas 500 páginas. 18 euros.
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