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«Se
puede decir de un Derecho ganado sin esfuerzo, lo que se dice de los
hijos de la cigüeña; un zorro o un buitre puede perfectamente robarles:
pero
¿quién arrancará fácilmente al hijo de entre los brazos de su madre?
¿Quién
despojará a un pueblo de sus instituciones y sus derechos alcanzados a
costa de su sangre? Bien puede afirmarse que la energía y el amor con que
un pueblo defiende sus leyes y sus derechos están en relación
proporcional con el esfuerzo y trabajo que le haya costado el alcanzarlos».
Rudolph Von Ihering
Me llamo Aurora Torres, tengo treinta y siete años y soy
abogado. Llevo más
de dos semanas sin follar, me duelen los ovarios y además, hoy estoy de
muy
mala hostia. En días como éste el mundo me parece un lugar mucho más
asqueroso de lo habitual.
Tras la ventana de mi despacho se dibuja a trazos gruesos una
ciudad sucia.
Su nombre da igual, es como cualquier otra. Creció exageradamente en la
década desarrollista de los sesenta, tan sólo para acoger la famélica
legión
de los desertores del arado; una ciudad hostil que los hacinó en colmenas
enfermas de aluminosis; los exprimió en fábricas, talleres y cloacas; y
acabó inhumándolos de cualquier manera en torreones de nichos
estratificados, que ni siquiera les pertenecen en propiedad.
Este poblachón miserable e hipertrofiado se las da hoy de
metrópoli
cosmopolita de vanguardia, y todo porque acoge cada año un par de
exposiciones itinerantes de artistas subvencionados que nadie visita, y
porque al fin tiene una mediocre universidad, carcomida de endogamia y
encajonada entre bloques de cemento prefabricados.
Hoy llueve, como ayer. Sobre el asfalto agrietado brilla una
película
resbaladiza, formada con la mezcla bastarda del aceite que pierden los
coches y las personas, la goma de los frenazos, el hollín de las
calefacciones, la cera de las procesiones de Semana Santa y la mala baba.
El
riego circulatorio de este organismo enfermo se coagulará plagado de
trombos. Conducir será hoy una trampa mortal. En días como éstos mi
ciudad
me recuerda a una gigantesca máquina tragaperras cantando incesante el
premio especial, y escupiendo como loca pleitos, pleitos, pleitos.
Me empujo un puñetazo de güisqui nacional mientras ojeo la
prensa local.
Parece que la feroz reconversión industrial de la comarca, planeada desde
la
capital del imperio, y ejecutada por los sátrapas autonómicos, dejará
un
montón de gente en el arroyo. Todas esas letras, felizmente aceptadas por
la
burguesa clase obrera para adquirir los cachivaches inútiles que les
ofrece
el capitalismo de rostro humano, quedarán sin pagar; las empresas se
declararán en suspensión de pagos, las calles se llenarán de
manifestantes
de recobrada conciencia proletaria y soltarán el bozal a los
antidisturbios.
Esta puta ciudad arderá. Y yo voy afinando la lira.
Tengo la impresión de que la máquina no deja de cantar el especial. ¿No
es
éste el mejor de los mundos posibles, Cándido?
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En una librería,
la literatura de Miquel Silvestre hay que buscarla en la estantería más
alejada de los paulos coelhos, jorges bucays y sus etcéteras. Y en la
última obra del susodicho, «La dama ciega», cabe buscar y encontrar
los muchos pros y unos pocos contras de los dedos que teclearon la
novela «Mariposas en el cuarto oscuro» y el libro de relatos «Dinamo
estrellada», sus posteriores títulos. Sí, acabo de decir «sus
posteriores títulos» pese a que poco antes he dicho que «La dama
ciega» es «la última obra del susodicho». Y todo, porque estoy
hablando de la reedición de su ópera prima.
Gracias a esta reimpresión que llega de la mano de
Barataria Ediciones, sabemos ahora que «La dama ciega» vino a ser una
declaración de intenciones de la venidera producción del autor.
Empezando por el género, una novela corta, que se antoja un punto
intermedio entre la novela y los relatos ya citados. Continuando por la
narración en primera persona, querencia que se corroborará en los títulos
sucesivos. Y finalizando con su singular caligrafía, que conjuga, con
un pulso casi siempre atinado, las jergas más callejeras con los argots
más técnicos. O que compagina, con una profusión las más de las
veces acertada, las esdrújulas y los polisílabos. Siempre, con una
redacción profundamente sonora.
La narradora y protagonista de esta historia es un
personaje de ficción: una mujer cínica, traicionera, carente de escrúpulos,
astuta, arrimadiza, arrogante, egoísta, innoble (sumen y sigan ustedes mism@s)
que, desde su despacho de abogada, presta (vende) sus servicios a las
peores calañas dotadas de los mejores posibles (he aquí el carácter
antipódico de Miquel Silvestre con los coelhos y los bucays). Como en
una canción de Sabina, «La dama ciega» contiene una galería de
personajes a cuál más vivo: el policía proxeneta, el camello pijo, la
esposa vengativa, el estudiante idealista o a feminista resentida, entre
otro percal.
La afirmación de que la novela corta es un género
equidistante con la novela y el relato adquiere en este caso un
significado añadido: la división de la historia en pequeños capítulos,
cada cual destinado a una exhibición impúdica de la protagonista,
fomenta que en varios tramos se pueda asistir a una lectura
independiente de los anteriores y posteriores episodios, a modo de
cuentos. La entrada y salida y reaparición y desaparición de los
personajes secundarios deja constancia de una trama que Miquel Silvestre
sabe recuperar de un modo muy habilidoso. Así las cosas, por su extensión
y por su atractivo, y porque la protagonista se presenta a sí misma con
un invariable estribillo, «La dama ciega» es un blues que el lector
puede canturrear sin apenas trastabillarse. Uno sólo halla de más algún
pasaje como el de la disquisición semántico-patriótico-psicológica
que la narradora entona con el policía.
Por lo demás, el final de la historia y de la novela es un
magnífico bucle que enlaza todos y cada uno de los cabos de la
historia, allá cuando a éste lector le parecía, según se aproximaba
la última página, que no habría modo ni manera de hacerlo.
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