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Bitácoras Café de Artistas
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Edno Azzurri Invitado
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Publicado: Thu Oct 06, 2005 1:48 pm Asunto: CLAUDIA (3ª parte) |
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Claudia trajina un buen rato después del desayuno, aún tiene muchas cajas de la mudanza sin abrir y se dedica a colocar libros. Había abandonado muchos de ellos en el traslado y sólo había escogido aquellos que tenían un significado para ella. Pasa un paño ligeramente húmedo por las tapas y el lomo y los deja, con un mimo, tal vez, excesivo, sobre las estanterías. Todo esto la lleva cerca de dos horas y aún tiene tiempo para arreglar los últimos papeles en el ayuntamiento. “A lo mejor debería haber aceptado la ayuda del vecino, por cierto, ¿cómo se llama?, ni él me lo ha dicho ni se lo he preguntado y, encima, no le he devuelto las llaves, ¡que desastre!”. Se asoma a la ventana de su habitación, desde ahí si puede ver el mar y una parte del paseo con las palmeras ahora encogidas por el frío. Huele el aire salino y lo reconoce inclemente y decide abrigarse. Para alguien que viene del norte y está habituado al frío húmedo del cantábrico, este tiempo no debería suponerle ninguna molestia, pero Claudia lo considera una traición a la idea que ella tiene de esta tierra: sol permanente y una tibieza agradable durante el invierno, que la realidad se empeña en desmentir. Al retirarse ve al vecino caminar paralelo al mar por el paseo. Lleva una caja de esas para transportar al gato y viste unos viejos vaqueros y un chaquetón de paño azul. Cierra la ventana, se viste y sale.
En el portal un hombre vestido con un mono azul pulsa el portero automático. El hombre, que vuelve a pulsar con demasiada fuerza, sonríe al verla.
- Buenos días, usted perdone- le dice- vengo al cuarto pero no hay nadie. ¿Usted sabe si tardara el vecino?-
- Buenas- contesta Claudia- ¿es para el tema del calentador?- el hombre asiente y Claudia recuerda que aún tiene el manojo de llaves y, tal vez, en el manojo estén las llaves de la casa del vecino- Suba conmigo.
Claudia prueba con las llaves hasta que da con una que hace girar la cerradura. Cuando abre la puerta piensa que esto puede parecer una intrusión, que tal vez debería haberle dicho al fontanero, que ya ha encontrado la caldera y parece afanado en ella, que no sabe nada y haberse ido al ayuntamiento. El hombre dice que no tardará mucho en cambiar la pieza y ella, que hasta entonces ha esperado en mitad del pasillo, se rinde y decide echar un vistazo en el salón. La encanta aquel ventanal desde que puede ver el mar, la luz que entra a pesar del día nublado, los nubarrones negros y cargados en el horizonte. Mira la mesa, en realidad una tabla apoyada sobre dos caballetes, y los papeles. Algunos tienen notas tomadas a mano pero la mayoría son de impresora. Lee, aunque se siente como un ladrón, un título “El blue dancing y Marieta” y continua con el texto. Lo lee casi de un tirón, sólo se detiene para observar al fontanero en una ocasión pero el hombre parece ensimismado con una pequeña pieza que sujeta con la mano y enfrenta a la fría luz del fluorescente de la cocina para observarlo con la meticulosidad de un patólogo, ajeno a su labor de espía. Acaba y lo deja sobre la mesa, junto con otros papeles que configuran un maremagnum caótico. Ahora se entretiene mirando los libros colocados de cualquier forma en un mueble que, además, contiene revistas, botellas mediadas, vasos y un ajedrez diminuto con las piezas a medio jugar. “Este hombre es un caos” piensa. Ve una carta del banco y lee el nombre escrito: Salvador Montalbán y se ríe porque uno de sus personajes de ficción preferidos es el comisario Salvo Montalbano, del escritor Andrea Camilleri. Una coincidencia de esas que le obliga a creer a uno en el azar. El fontanero dice que ha acabado y si se puede lavar las manos. Las lava con el agua caliente – el calentador funciona- y dice que la reparación son setenta euros. Claudia los saca de su cartera y se los da al hombre y añade diez euros más de propina, como agradecimiento al fontanero por haberse convertido involuntariamente en la excusa perfecta para todo aquel espionaje.
El ayuntamiento es un edificio moderno lleno de aristas inútiles y ángulos antipático; es, en fin, un edificio pretencioso y feo, una muestra más de aquella arquitectura racional de finales de los setenta que nos hacía parecer modernos. La mujer que atienda detrás de una mesa es vieja y coge los papeles de Claudia como si le estuviera haciendo un favor.
- Aquí falta el formulario doce.- dice mirando por encima de unas gafitas ridículas que parecen a punto de despeñarse desde su aguileña nariz.
- ¿El doce, dice? No sé, he rellenado todos los que me dieron para poder abrir la tienda.
- Pues falta el doce, señorita y sin el doce no podemos hacer nada
- Bien, pues me da el doce, lo relleno aquí mismo y ya está
- Eso es imposible- en la cara de la vieja aparece una sonrisa de triunfo- el doce hay que solicitarlo en la concejalía de industria de ocho a once.
- Mañana volveré a recoger el doce.
“Que lío, de ocho a once, el doce - lo piensa cuando sale a la calle y le hace gracia- ¡bah! Un ligero retraso”. Pero le molesta que un simple formulario la obligue a volver al ayuntamiento, le molesta que una vieja agria y prepotente se sienta bien por el único hecho de hacer sentir mal a la gente con todos aquellos formularios y documentos. El vecino aparece de pronto como caído del cielo. Sigue llevando el cajón con el gato y con la misma pinta algo desarrapada que le confiere el aspecto de un bohemio o de un aventurero. La sonríe en la distancia.
- Vaya, que casualidad. ¿Qué haces por aquí?
- He venido a entregar los papeles para la apertura del negocio. ¿Y tú?.
- Vengo a ver al concejal de cultural, un tío pintoresco, si quieres te lo presento.
- Me dijiste que tu tenías contactos aquí, ¿puedes echarme una mano?
- Claro, yo aquí soy el amo. Venga, vamos dentro.
Explica Claudia lo del formulario doce y la actitud agria de la funcionaria y cuando entran, Salva deja el cajón en un rincón y se dirige hacia la mesa con decisión.
- Vamos a ver- dice con la voz alta y un gesto furioso, de hombre agraviado- ¿Por qué no puede darle a esa señora un jodido formulario doce? Dígame ¿por qué un contribuyente que sostiene con sus impuestos, y añado impuestos abusivamente excesivos, debe volver mañana para conseguir un jodido formulario doce?
Claudia no entendía todo aquello, la voz que ganaba volumen, la referencia a los impuestos...
- No, no se calle y dígame, contésteme, acláreme – entonces Claudia se asustó de verdad cuando el corpachón de Salva comenzó a escalar sobre la mesa como si quisiera estrangular a la funcionaria, pensó que su vecino pudiera ser un loco furioso, un homicida, un psicópata- pero, antes, por favor, deme dos besos si me cree merecedor de ellos.
La funcionaria que había olvidado el gesto hosco, la acritud que parecía rodearla, abrazó a Salva y le dio dos sonoros besos. Hizo gestos a Claudia para que se acercará, hizo las presentaciones y en unos minutos no sólo tenía en su poder el formulario número doce, si no que, además, tenía todos los papeles presentados en perfecto orden
- Ahora tengo que resolver unos asuntos, si quieres tomamos un café en diez minutos, aquí mismo, a la vuelta de la esquina hay una cafetería. ¿Me esperas?. Por cierto- señaló a la funcionaria- es misógina.
- Te espero y te invito.
(Ya habrá más...) |
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Invitado
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Publicado: Thu Oct 06, 2005 10:51 pm Asunto: |
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Muy bien Edno, este y los anteriores. Te dejo una nota privada.
Saludos.
Radel. |
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