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LAS PREGUNTAS DE SALVA

 
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Edno Azzuri
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Registrado: 08 Apr 2005
Mensajes: 64

MensajePublicado: Mon Nov 14, 2005 2:25 pm    Asunto: LAS PREGUNTAS DE SALVA Responder citando

El viernes amaneció con un sol de tramoya en el cielo. Un día de sol frío tan bonito como engañoso, cosa que entendí en cuanto puse un pie en la calle. El viaje hasta Valencia me llevo poco tiempo pero acabe perdiéndome en un par de cruces antes de llegar al restaurante. Otero ya estaba allí, sentado en la terraza desdeñando el frío, bebiendo un vermú y comiendo olivas negras. Parecía haber envejecido en este tiempo, tenía la espalda encorvada, había perdido pelo en la coronilla aunque seguía manteniendo una breve melena muy caracolada que le daba un aire de patriarca gitano. Nos fundimos en un abrazo sincero.

- ¡Cuánto tiempo, Salva!
- Mucho, comisario, mucho. ¿Cómo estas?
- Bien, pero incubando una enfermedad
- ¿Una enfermedad?
- Si, estoy incubando una vejez incurable, Salva


Pedimos que nos preparasen un arroz abanda, que era la especialidad de aquel sitio. Un arroz meloso, suave y cocinado con el caldo obtenido después de haber cocido una mezcla de pescado que era, en realidad, el secreto de aquella maravilla. Mientras, pedimos más vermú y aceitunas para entretener la espera. Continuamos sentados en el exterior a pesar del aire peleón y helado.

- Bueno, Otero, ¿qué tienes sobre Salasdeberry?.
- A ver, Salvita, para empezar en los archivos a los que tengo acceso muy poca cosa pero- en ese punto hizo un silencioso y teatral alto que aprovechó para meterse tres aceitunas en la boca y dar un tiento al vermú.- este servidor que tiene más conchas que un galápago accedió, bajo cuerda, que todo hay que decirlo, a los archivos más secretos y confidenciales que nuestro estimable servicio policial tiene.
- ¿Y?
- Y que el tal Salas es todo un mafioso. Un mafioso que blanquea dinero para los rusos, trae enormes petroleros que salen de la madre Rusia sin ningún control y que, luego, son vendidos aquí y allá y el dinero va a parar a la roca y de allí, mediante una complicada red de empresas y testaferros, voilá, aparece limpio y puro en forma de urbanizaciones, obras públicas locales y ese tipo de cosas.
- ¿Nada más?
- Joder, Salva, ¿es qué te parece poco?
- Me parece que no es el único en este país que se dedica a eso, yo esperaba otras cosas.
- ¿Qué cosas?
- No lo sé, ni idea, pero algo distinto, Otero.


Dejamos la conversación en ese punto cuando un camarero nos dijo que el arroz ya estaba. Elegimos un vino blanco, seco y a juego con el día, helado. Comimos en silencio saboreando el milagro que se nos ofrecía. De postre nos regalamos media botella de mistela que endulzó el resto de la charla.

- ¿Por qué te interesa ese tipo, Salva?
Le conté la historia tal y como hasta entonces me había sucedido, las amenazas veladas tras mi negación, la advertencia del secretario, las averiguaciones sobre mí...

- Ya, lo mismo de siempre- me dijo Otero- esa gente está acostumbrada al ordeno y mando, Salva, pero no creo que debas preocuparte.
- No lo estoy pero quiero saber con quien me la juego, comisario y, que cojones, también quería darme un festín contigo.

Acabamos la botella y Otero me prometió seguir husmeando y mantenerme informado. Nos despedimos con otro abrazo y la promesa de que no pasase tanto tiempo sin vernos.

- Por cierto, Salva- me dijo desde el coche- soy abuelo.

Le grité “felicidades” pero su coche ya ganaba velocidad y sólo pude ver como me dedicaba un “dedo” muy bien hecho con el corazón de su mano derecha.



Juancho se sorprende al oír mi voz en el teléfono porque no esta habituado a que sea yo quien le llame. Después de los saludos de rigor, de ponerme al día en el estado de los amigos comunes, entro en el meollo.

- Oye, Juancho, ¿ cómo se llama el tipo aquel de la editorial?
- Luis Oliver, ¿por qué?
- ¿Te suena de algo un tal Salasdeberry y Caravaca?

Casi puedo oír el ruido de la cabeza de Juancho pensando en el nombre que le acabo de dar, al cabo de unos segundos me responde.

- Creo que si, ¿ no es un empresario famoso, constructor o importador o algo así?
- Eso es, eres una máquina Juancho- le digo- y ahora busca en tu cabecita y dime si ese Salasdeberry tiene alguna relación con la editorial o con el tal Oliver
- No lo sé, Salva, pero puedo enterarme, tengo en la editorial una secretaria que me hace favores de vez en cuando, se lo preguntaré.
- Favores, ¿qué clase de favores?
- De esos favores por los que merece la pena estar en deuda con una mujer, por cierto, todo esto ¿a qué viene?

Le pongo en antecedentes sobre el encargo de Salasdeberry y esta vez lo hago con una concisión asombrosa. El hecho de contar una y otra vez la misma historia me hace prescindir de detalles e ir directo al grano.

- Intentaré ver si hay alguna relación y, sí la hay, te llamo.
- Gracias, Juancho, te lo agradezco.

“Otra cosa hecha”, me digo y ahora sólo me queda hablar con Mario pero, harto de teléfonos, decido ir a su casa más tarde. Entretengo el tiempo escribiendo un rato sobre la inmigración china en España. En realidad, lo único que hago es copiar datos y más datos de fuentes diversas y darles cierta forma. Lo imprimo y guardo los tres folios en el bolsillo de la americana por sí a Mario le da por exigirme algo sobre los chinos.


La casa de Mario está en la zona oeste de Bellaterra, colgada en la falda de una de las colinas, enfrentada desde la altura con el mar. En la entrada a la urbanización tengo que parar el coche ante la garita donde un guardia jurado me pregunta mi nombre y la dirección a la que voy y, en la espera, pienso en los amantes condenados a encontrarse siempre en hoteles por culpa de la seguridad. El guardia hace una llamada y, sin decirme nada, alza la barrera de seguridad. En un par de minutos aparco frente a la casa, Mario me espera distrayéndose mirando unas plantas de aspecto enfermo.

- Joder, Salva, que manía tienes de presentarte sin llamar.
- Yo también te quiero, Mario, pero temo que si llamo pueda sospechar tu mujer.

Saludo a la mujer de Mario, una inglesa que parecía guapa hasta que dejo de hacerlo y que me recuerda a la mula Francis. Después de los saludos subimos al despacho y nos encerramos, lejos del griterío de los niños.

- ¿Ahora vienes a mi casa a entregarme el trabajo?
- Nada de eso, Mario, ahora vengo a tu casa para que me expliques una cosa.
- ¿Qué cosa?
- ¿Qué relación hay entre Salasdeberry y tú o entre Salasdeberry y la Voz del Mar?
- Ah, eso- se levanta, abre la puerta de un mueble y saca una botella de Lagavulin, sirve dos vasos y vuelve hasta la mesa- Bebamos.
- Muy bueno, Mario.- le señalo el whiskie en mi vaso- Ahora, dime.
- Verás, Salva, el otro día el consejero delegado vino al despacho y me explico que me llamaría Salasdeberry y que le atendiera bien, luego me dijo que Salasdeberry es, a través de una empresa interpuesta, uno de los mayores accionistas del periódico.
- No lo entiendo, Mario, no entiendo como alguien como Salasdeberry puede ser accionista de un periódico desde el que ha recibido numerosas críticas, numerosas y duras.
- Yo tampoco lo entendía, Salva, pero, luego, reflexionando lo hice. Veamos, primero Salasdeberry es un empresario y La Voz del Mar es un negocio, otro más para él. Segundo, a pesar de los ataques y de las críticas, no ha habido nadie que le haya parado una sola obra de las que ha iniciado saltándose a la torera cualquier ley o cualquier norma, tampoco nadie ha podido demostrar nunca y me refiero a demostrar con datos lo que es vox populi, que el señor Salasdeberry tiene comprados a casi todos los alcaldes independientes con el dinero que recibe de la mafia rusa.
- Y antes, ¿no sabías nada?
- Nada de nada, Salva. Conozco a los consejeros, incluso a algunos accionistas personalmente, pero jamás me ha interesado a quien pertenece el periódico. ¿Me crees?.


Le dije que si y volví a casa conduciendo despacio porque estaba cansado de abrir puertas que no me llevaban a ningún lado.
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Radelassi
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Registrado: 11 May 2004
Mensajes: 145

MensajePublicado: Thu Nov 17, 2005 9:49 pm    Asunto: Responder citando

Hasta que no corrijas lo que ya sabes no te digo nada más. Que está mal ¡joder!!

jejejejejeje

Radel.

Sigue escribiendo.
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