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HISTORIAS COTIDIANAS - II

 
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Edno Azzuri
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Registrado: 08 Apr 2005
Mensajes: 64

MensajePublicado: Thu Feb 09, 2006 10:45 am    Asunto: HISTORIAS COTIDIANAS - II Responder citando

EN UN DIA AZUL



Era uno de esos días azules, limpios y luminosos de principio del verano, una mañana en la que uno se siente, necesariamente, bueno. A veces esos días justifican el hecho de vivir por sí solos, el hecho de existir sin más. En mañanas como esas cuando el sol aún es tibio y calienta sin la violencia que tendrá más adelante, digamos en julio o en agosto, uno se dedica a las cosas que más le agradan; por ejemplo, cortar la pradera de césped del jardín, acariciar a sus hijos mientras les lee un buen cuento infantil, hacer el amor a su esposa con las ventanas abiertas de par en par o llamar a su amante para decirle lo mucho que “te quiero en un día como este”.
Deje de escribir más o menos al mediodía porque era incapaz de salir del ensimismamiento que me producía contemplar el juego acrobático de una pareja de golondrinas que iban y venían por el aire, incansables, persiguiendo invisibles insectos dorados. Tapé la máquina de escribir, coloque los folios escritos y los que aún permanecían blancos de una manera ordenada que me reconfortaba con sólo mirar y terminé vaciando el cenicero y soplando la ceniza que había escapado de él. Abrí una cerveza y salí al jardín para sentarme al sol en la vieja mecedora que necesitaba una mano de barniz después del crudo invierno a la intemperie. Allí sentado me sentí feliz, dichoso y pleno y pensé lo tonto que es el pensamiento humano por sentirse bien por el hecho de una mañana como aquella, pero parece que así es y nos conformamos con cosas como esas cuando nos dan la felicidad, aunque sea una felicidad chata y pequeña compuesta por los rayos de un sol luminoso, una vieja mecedora donde reposan tus huesos y una cerveza fría en la mano. Parecía que incluso podía olvidar la conversación que tuve durante la noche, ayer mismo, con mi mujer. Ella no atraviesa una buena época, decir momento sería injusto, y me acusa de mi falta de afecto, de cariño.

- Tú ya no me quieres.- me dijo con los ojos acuosos, bellamente azules. Es una mujer hermosa a pesar de sus cuarenta y cinco años y aún me sigue pareciendo la misma muchacha con la me casé hace ya mucho tiempo.- Tu no me quieres.

Tal vez sea así y se haya agotado mi amor por ella, quiero pensar que es eso pues pensar que, sencillamente, he perdido la capacidad de amar no lo puedo soportar. Pensar que me he convertido en un hombre mutilado para las tareas del amor me resulta una negación de mí mismo y por eso aún me siento bien como ahora cuando atravieso este instante de felicidad pequeña. Pero lo que sí parece definitivo es que ya no la amo, que ya no la quiero y eso me entristece porque me parece injusto que ahora, cuando deberíamos ser más felices, cuando hemos acabado de pagar la casa, de criar a los hijos y cuando aún conservamos nuestros viejos amigos descubramos que sólo somos una cáscara vacía, la piel mudada de una serpiente.

Salgo de casa a pasear un rato y alejarme de todos esos pensamientos oscuros que no quiero tener en este día precioso. Llevo unos viejos pantalones y un jersey que me queda grande y saludó a los vecinos alzando una mano y sonriendo alegremente, ellos me devuelven los saludos con más o menos efusividad dependiendo de nuestro grado de amistad y conocimiento. Mientras paseo pienso en Mina y su manera de caminar, que me gusta observar quedándome detrás de ella, inventando una excusa como mirar un escaparate, hasta que ella se adelanta unos cuantos pasos, digamos, seis o siete y ya tengo la perspectiva lujuriosa que deseo. Camina con la elegancia de un gato feliz y satisfecho, la espalda recta, los brazos largos y delgados marcando el paso con cadencia, las piernas redondas y bien torneadas, femeninas. Mina es una mujer hermosa y dichosa, joven, tanto que me asusta esos quince años de diferencia entre nosotros y que siempre sonríe cuando la explico algo y acaba sorprendida por mi sabiduría que no es más que la experiencia y las lecturas que uno acumula a lo largo de los años y aunque trato de explicárselo ella siempre me hace callar con un gesto cariñoso que me acaba por devolver a la realidad más inmediata y necesaria, más carnal.

Ahora hace más calor y de pronto noto la garganta reseca, las piernas cansadas y un leve dolor de cabeza por andar bajo el sol todo el rato, perdido en mis pensamientos alrededor de Mina. Entro en el centro comercial, el nuevo templo en el que todos comulgamos, que a esta hora está medio vacío. Pido una cerveza en uno de los bares y miró las noticias en la televisión sin sonido. Compró cigarrillos y fumo un par de ellos mientras acabó la cerveza y me entretengo en mirar al camarero en su rutina tras la barra. Tiene una edad indefinida, lo mismo puede rozar los treinta y cinco que los veinte, dependiendo del gesto y de la luz que le alcanza y que entra por el ventanal, furiosa como un incendio pequeño y contenido. Parece uno de esos hombres acostumbrados al fracaso, uno de esos hombres que han renunciado demasiado pronto a todas sus aspiraciones y que se resigna mientras lava los vasos en una pileta llena de agua jabonosa. Le pido otra cerveza y cuando la deja frente a mí sonríe y entonces creo que debe estar más cerca de los veinte que de los treinta y pico y que tal vez no haya renunciado a nada, que sólo este tomando fuerzas, como un boxeador cansado, para reclamar lo que cree que es suyo. Puedo imaginar su vida, mejor sus vidas en función, como dije, de su gesto y de la luz que le ilumina en cada momento – es una deformación profesional, un juego para obtener ideas. Es posible que amé a una mujer cada noche de una forma dulce y suave o, bien, de una manera gimnástica, elástica. Es posible que sea un tipo cariñoso con los suyos o por el contrario un hombre aciago y hosco. Puede que beba una copa después de cenar mientras descansa las piernas o que paseé cada noche de forma ritual con su esposa, joven y bonita, y le diga, mientras tanto, lo mucho que la quiere. La vida de la gente es siempre un misterio, singular y único, desconocido aunque uno goce de la perspicacia que dan los años y el oficio. Sólo se conoce la vida de uno mismo y no siempre se acierta.

He pagado las cervezas y he dejado una buena propina sobre la superficie húmeda de la barra del bar. El aire acondicionado funciona demasiado fuerte y creo que me he constipado al estornudar un par de veces, lo cual me lleva ahora que reinicio mi paseo de vuelta a casa, a pensar en lo frágiles que somos y más cuando uno acaba de cumplir los cincuenta años y ha tenido una fiesta de cumpleaños en la que, por vez primera, ha faltado alguien. Fue una fiesta bonita, nocturna y al aire libre hasta que el fresco nos empujo al interior de la casa. Comimos y bebimos todos en el jardín y fumamos sentados alrededor de la mesa, los hombres charlábamos de deportes y las mujeres reían apartadas en su propio mundo secreto. Yo sentado entre todos esos hombres, mis amigos y mis conocidos, deseaba unirme a las mujeres y participar de sus risas y saber que decían para intentar comprender porque son como son. Alguien, de repente, comenzó a hablar de la muerte de A., la primera ausencia de un buen amigo a una de estas fiestas, y de cómo todo fue demasiado rápido, demasiado cruel. Luego nos callamos durante un buen rato y fumamos en silencio, cada uno atrapado en sus pensamientos y cuando comenzó a refrescar decidimos entrar en la casa. “La muerte siempre es cruel” dijo alguien y yo estuve de acuerdo con él hasta que, una vez dentro de la casa y con copas nuevas en las manos, dijo que pensaba cambiar de coche antes de las vacaciones y entonces pensé que la muerte es cruel y la vida, a veces, estúpida.

Ahora, de regreso a casa, la caminata es más llevadera. El caminillo que sigo es cuesta abajo, una cuestecilla pequeña que te permite caminar con elegancia y busco el cobijo que me ofrecen los álamos blancos que flanquean todo el camino. Frente a mi se extienden las urbanizaciones, todas muy parecidas entre ellas, salpicadas del verde cuadriculado de los jardines. Es un paisaje bonito a pesar del artificio y me encuentro cómodo viviendo en un sitio así aunque a veces hecho de menos la vida nerviosa de la ciudad. Si uno intenta abarcar en un solo vistazo todo ese paisaje de casas alineadas milimétricamente, todas esas calles tan parecidas y tan cuidadas, toda esa gente tan parecida puede marearse y caer redondo al suelo y al levantarse despreciar esa forma de vida. La forma de ver esto es troceando el paisaje, fijarse en aquellos tejados de pizarra negra que relucen al sol, en aquellos otros de más allá, de tejas rojas que hieren la mirada. Mirar un grupo de calles y descubrir la suave curva que alcanza la plaza en dónde juegan unos chiquillos con sus bicicletas nuevas y relucientes y sus balones desgastados de fútbol. Sólo así es posible mirar y comprender todo esto sin caer en el empacho. Delante de mi camina una mujer menuda. Lleva gafas de sol, demasiado grandes y demasiado oscuras. Un vestido ligero, tal de vez de algodón, estampado con flores alegres. Calza una sandalias que dejan al descubierto el pie y el esmalte rojo que adorna sus uñas. También lleva una pulsera de oro alrededor de su tobillo derecho. Tiene el pelo largo y castaño, abundante, que se mece de un lado a otro con cada uno de sus pasos. Bajo las axilas se ha formado una mancha de sudor pequeña que ensucia la curva que allí forma su vestido. De repente comienza a caminar más despacio, rebusca en un pequeño bolso de tela y acaba por pararse porque no encuentra algo. Me ve y con una voz clara pero muy bajita me pide fuego. Encendemos los dos unos cigarrillos y me da las gracias y entonces percibo que es extranjera en la forma de pronunciar la erre, tal vez sea francesa o inglesa, pero no puedo distinguirlo. Comenzamos a caminar a la par de una forma tácita, como si el hecho de haberla proporcionado fuego nos hiciera conocidos o algo parecido. Pregunto por su origen y me dice que es belga, de Bruselas y que está buscando una casa por esta zona. Durante un rato seguimos charlando en francés y me sorprende no haberlo olvidado después de tanto tiempo, aunque a veces necesito acabar las frases en español porque me quedo sin vocabulario. Nos sentamos en un banco, apagamos los cigarros y miramos el paisaje, ella señala un par de puntos y me comenta que en esas zonas ha visto un par de casas que le interesan. Sobre nosotros sobrevuelan algunos pájaros que pían chillones y más arriba, un avión, quizás un Boeing 747, cruza el cielo como una ballena blanca y metálica. Una de las casas está muy cerca de la mía y me ofrezco a acompañarla hasta allí. Seguimos durante un rato charlando sobre Bélgica y España, luego hablamos de nuestros trabajos y descubro que es restauradora de arte y especialista en pintura italiana. Cuando le digo que soy escritor me mira sorprendida y dice algo que no llego a oír pero no pido que me lo repita. Atravesamos una plaza con un círculo casi perfecto de hierba recién segada, un aroma vital como el de la lluvia o como el de los recién nacidos, y unos críos juegan a perseguirse a ladrones y policías. Los niños sudan y están acalorados y uno de ellos forma una pistola con los dedos de su manita y luego dispara apuntando y otro, un crío más pequeño, cae al suelo teatralmente y se queda allí, fingiendo una muerte cruel. Ya estamos muy cerca de mi casa y tengo algo de hambre y sed, propongo a Margot, así se llama, entrar y comer algo y luego puedo acompañarla a visitar la casa en venta. Se produce uno de sus forcejeos de buena educación pero accede. Yo preparo un poco de carne y ensalada y ella se entretiene en el jardín y la observo con sus gafas oscuras y ese vestido tan alegre y me parece una mujer encantadora e inteligente. Comemos en silencio y me ayuda a recoger los platos y tomamos café y fumamos y nos quedamos allí, bajo la sombra, contemplando el jardín. Pienso que Mina nunca ha estado aquí, comiendo en mi mesa y disfrutando de un momento como este. Pienso que si mi esposa entrará en este instante no se sorprendería de la situación. Al cabo de un rato nos despedimos con un apretón de mano pero desisto de acompañarla porque me siento muy cansado, como si el paseo de esta mañana luminosa me hubiese revelado secretos al alcance de cualquiera que tenga la clave para mirar este tipo de cosas. Me quedo dormido sin darme cuenta y ya no sé si despertaré o seguiré durmiendo...
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il capo
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Registrado: 09 Nov 2005
Mensajes: 16
Ubicación: Fuera de mí

MensajePublicado: Fri Feb 10, 2006 8:07 pm    Asunto: Una cosa que no entiendo Responder citando

A ver, estimado Edno.
¿Cómo puede un tipo con mujer e hijos, encima con amante y con todos esos pájaros en la cabeza, tener la casa pagada a los 50 años (que encima parece que es un chaletorro)?
Como verás, soy implacable en mi ácida y despiadada crítica. Por lo demás, no puedo opinar, no lo he leído, es broma, es broma.
Por cierto, me ha encantado la alusión al templo que haces.
Il capo
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No sé si estoy en lo cierto, lo cierto es que estoy aquí, otros por menos han muerto, maneras de vivir...
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