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CLAUDIA (1ª parte)

 
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Edno Azzurri
Invitado





MensajePublicado: Fri Sep 23, 2005 11:17 am    Asunto: CLAUDIA (1ª parte) Responder citando

CLAUDIA


¡Ha llegado una nueva vecina!. Una buena noticia porque además de la novedad parece que es de las que piensa vivir de manera permanente aquí, en los Solmar. Guiado por mi afán de cotillo irredento he echado un vistazo en su buzón pero aún, se conoce, no ha tenido tiempo para poner su nombre. Para alguien tan aburrido como yo, la llegada de un nuevo vecino es siempre motivo de satisfacción y, si encima es del genero femenino, mejor que mejor.

Estaba escribiendo o intentando hacerlo cuando hemos notado los ruidos. El gato, que hasta ese entonces dormitaba tumbado sobre un rayo de sol, ha despertado de golpe, alerta y atento. Yo me he sobresaltado, el escándalo ha sido mayúsculo, un “brom, brom” de esos que hacen historia., luego unas cuantas voces furiosas en distintos idiomas y, por fin, unas blasfemias en un español claro y preciso.

El operario, un joven alto y flaco con el pelo rubio alborotado, me ha mirado cuando he abierto la puerta para ver que ocurría. Sujetaba con el pie, en un gesto desprovisto de esfuerzo, una enorme caja despanzurrada en medio de los escalones. Más arriba tres hombres jóvenes discutían sobre la manera, eso me pareció a mí, de cómo subir la voluminosa caja por la estrechez de la escalera. Alcancé a distinguir tres acentos: rumano, que correspondía a un tipo nervioso y algo desarrapado; un español boliviano o peruano, un señor bajito y rechoncho que sudaba como un caballo al galope y, por fin, un castellano duro que pronunciaba una boca acabada en un puro humeante y que, era sin duda, el capataz. Leí las letras rojas que figuraban en el lateral de la inmensa caja: frágil, manéjese con cuidado y bañera jacuzzi de aire a presión. Rogué al dios de los desastres y favor de mi desconocida vecina para que la fragilidad y el manejo cuidadoso del aparato fuese sólo una advertencia condicionada por la Unión Europea. Al final alcanzaron algún tipo de acuerdo. Los tres jóvenes levantaron la caja mientras que el capataz, humeante y concienzudo, dirigía el arduo ascenso. Cerré la puerta y volví a mis asuntos.

Continué escribiendo y el gato durmiendo, ambos ajenos a la sucesión de golpes, gritos y ruidos diversos que nos llegaban desde más arriba. “Así que la vecina ha montado un jacuzzi”, me dije. Yo también tuve, durante un tiempo, la idea de montar algo parecido pero lo desestimé porque siempre he sido reacio a las obras y los follones que conllevan. Apagué el ordenador y salí a comer.


Ya ha llegado el invierno. Todo está vacío y todo tiene un aire melancólico y tristón. Ahora hace frío y algunas mañanas algunos valientes se aventuran a bañarse en el mar. Con el invierno, Bellaterra, recupera su imagen más verdadera. Las barcas de pesca en el horizonte, faenando desde muy temprano y volviendo al mediodía para descargar en la lonja. Algunos viejos que deambulan de aquí para allá aprovechando el sol que aún tiene la fuerza suficiente para entibiar las mañanas. Los barrenderos baldeando las calles y cambiando la mierda de un sitio a otro. Las furgonetas de reparto, escasas y rápidas, aparcando en las aceras y descargando sin prisa, los conductores charlando con los dueños de las pocas tiendas abiertas e irreductibles y fumando un pitillito para rellenar el palique. Yo aburrido y sin ideas. El gato impasible, a lo suyo. Aún, ya han pasado dos semanas, no he conocido, ni siquiera he visto, a la nueva vecina. Incluso he llegado a pensar que estaba equivocado en cuanto a la permanencia en el edifico de ella, de la vecina, sólo, algunos ruidos domésticos, el agua de la cisterna, el sonido apagado de una radio, los andares de una habitación a otro, me lo desmienten. Poca cosa. Una mujer reservada.


Puri, no he vuelto a saber de ella desde la última vez que estuvo en casa, me recibe con una sonrisa. Charlamos, aprovechando la ausencia de clientes, como dos buenos amigos y ella es la que me da la primera pista sobre la desconocida.

- ¿Y la nueva vecina, que me dices?- pregunta.
-Pues no la conozco. ¿Tu, si?
- Si, ha venido un par de veces por aquí. Una mujer joven, guapa, discreta.
- Ya ves, la has conocido tu antes que yo.

Nos despedimos y concertamos una cita para unos días después. Los dioses existen, me digo, y me favorecen. Demasiado clásico pero me gusta. Existen y me favorecen.


Abro el cajetín y sacó el correo. Facturas, publicidad, lo mismo de siempre. Añoro aquellas cartas manuscritas de los viejos amigos, de las mujeres que alguna vez amé. El maldito correo electrónico ha acabado con todo eso. Hemos elegido la inmediatez fría de los ordenadores a la espera casi siempre agradable de reconocer la letra de alguien que queremos. Así son las cosas.
Preparo un poco de comida: ensalada, carne. Lo acompaño con un tinto suave y cuando voy a empezar comer suena el timbre. Es una mujer de unos treinta años, rubia natural, los ojos claros, menuda. Sonríe azorada al ver la mesa preparada, a mis espaldas. Le digo que pase, que no se preocupe y al ver el gato se decide. Le acaricia un buen rato en el lomo y detrás de la cabeza, yo, en silencio, envidió al gato. Tiene un cuerpo bonito, proporcionado, pero no soy capaz de adivinar sus formas porque lleva unos pantalones muy amplios y un jersey enorme y desfondado, con algunas manchitas blancas aquí y allá de pintura.
El gato se retira cuando ella deja de acariciarle. Mira por el ventanal el mar sólo un instante.
- Mi apartamento no tiene vista a la playa- me dice- da a la parte de atrás, a las montañas, una pena, pero...
- Así que tú eres la nueva vecina.
- Si, la nueva – sonríe y me tiende la mano- Claudia.
- Muy bien, Claudia la del jacuzzi. ¿Te apetece comer algo? Aún no he empezado a comer y puedo hacer un filete, venga, anímate.
- No sé, en realidad sólo quería pedirte las llaves de los trasteros y...
- Venga, siéntate, comemos y luego te doy las llaves esas.

Me voy a la cocina y ella se queda en el salón mirando al mar, el ordenador sobre la mesa, los folios desordenados y los ceniceros repletos de colillas. Nos sentamos y comemos, alaba el vino y no deja de sonreír en ningún momento. Le explicó a que me dedico, como es Bellaterra y averiguó que se quedará a vivir aquí y que tiene pensado abrir un negocio en un par de meses. Prometo presentarla a las fuerzas vivas de la ciudad y ayudarla en cuanto pueda. No deja de sonreír, pero por debajo de la sonrisa intuyó una tristeza que debe pesar como una piedra enorme y feroz. Mi insistencia para que se quede un rato más no la convence y al final, con resignación, le doy el manejo de llaves y nos despedimos.


Continuara.
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Invitado






MensajePublicado: Mon Oct 03, 2005 10:17 pm    Asunto: Responder citando

Un buen texto amigo. Me estoy leyendo lo anterior, pues veo que es un relato por entrega lo tuyo.
La verdad es que si supiera que se me iba a instalar una tipa como Claudia en el apartamento de al lado en vez del sargento de la guardia civil que tengo, me pasaría más horas en casa, sí que lo haría.

Belis.
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