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LA OFERTA DE SALASDEBERRY

 
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Edno Azzuri
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Registrado: 08 Apr 2005
Mensajes: 64

MensajePublicado: Wed Nov 02, 2005 2:12 pm    Asunto: LA OFERTA DE SALASDEBERRY Responder citando

Sodomizaba a Puri siguiendo el vaivén de sus caderas cuando alguien golpeó con los nudillos en la puerta del dormitorio. Aquello me molesto y perdí el ritmo pero Puri, entregada a lo suyo, reforzó las idas y venidas de sus envites y lo recuperé hasta que volví a oír el mismo repiqueteo sobre la puerta. La molestia se convirtió en miedo cuando pensé quién podía haber entrado, sin pedir permiso, en casa y quién pedía permiso ahora para entrar en mi dormitorio...

Desperté reconociendo el timbre del teléfono pero no salí de la cama. Al cabo dejo de sonar y cerré los ojos recreándome en la imagen que aún no se había esfumado. Me levanté y miré por la casa sin encontrar a Puri. Debió irse en cuanto me quede dormido y aunque pregunté al gato si la había visto salir no me contesto nada. Bebí dos vasos de agua para matar la sed de la resaca y preparé café mientras repasaba lo sucedido. Después de salir del Riga, tras haber brindado decenas de veces por casi cualquier cosa, habíamos decidido ir a mi casa y culminar la noche apurando nuestra compañía como sólo un hombre y una mujer pueden hacerlo. Recuerdo que en el trayecto le pedí a Puri que me contase aquello que había prometido sobre Claudia y aduciendo que había hablado demasiado y algo sobre la solidaridad y el secreto entre féminas me dijo “Es una historia triste, Salva y sólo ella puede contártela, si quiere” y con eso dejó el tema zanjado a pesar de mi insistencia y de que cuando fui consciente de que esta, mi insistencia, empezaba a molestarla se podía ir al traste la visión celestial de su cuerpo desnudo en mi cama. La cafetera comenzó a barbotar en el mismo momento en que el teléfono volvía a sonar. Apagué el fuego, di una carrerita que despertó a los demonios que acechaban en mi cabeza y descolgué. Esperaba oír la voz de Julio Beltrán pero me encontré con la voz rota y algo aguda de Otero.

- Salva, Salvita, ¿Cómo estas, campeón?.

Durante un tiempo y dentro de un proyecto de esos constructivos dirigidos a un mejor entendimiento entre la prensa y la policía, auspiciado por un asesor del ministro de interior, un asesor de esos de pelo endomingados, frases rimbombantes y el talante en la sonrisa permanente, fui enviado con el, por aquel entonces, inspector Benjamín Otero a una comisaría de un barrio degradado de Madrid. Tenía diez años o doce años más que yo, doce o quince kilos más que yo y mucha más mala leche que yo. Al principio hubo reticencia por ambas partes pues él entendía mi trabajo como una auditoria sobre el suyo y yo entendía el mío como un coñazo que no llevaba a ninguna parte y que sólo interesaba a cuatro pelagatos del ministerio pero al que los dos estábamos condenados sin remedio. Poco a poco la cosa cambio y acabamos haciéndonos amigos de manera que no sólo fui invitado a la celebración por su ascenso a comisario si no que tuve el privilegio de asistir a la boda de su única hija, privilegio del que no pude escapar de ninguna manera. Desde entonces manteníamos una amistad basada en los favores recíprocos.

- Comisario Otero, a sus ordenes.
- ¿Qué pasa, que vienes a Valencia a invitarme a un arrocito en el Saler?
- En cuanto tenga un rato subo y nos tomamos ese arrocito y una botellita de mistela.
- ¿Qué se te ofrece, Salva?
- ¿Qué sabes de un tal Eduardo Salasdeberry y Caravaca?
- ¡Coño! Con esos apellidos seguro que algo debería saber pero si te digo la verdad no tengo ni puta idea de quién es ese Sala no sé cuantos y Caravaca, ¿por qué?.
- Ya te contaré pero es un empresario importante del que nadie parece saber nada y eso me mosquea y he pensado que tal vez tú, el insigne comisario Otero, podía ofrecerme su ayuda.
- Espera, vuelve a decirme el nombre.- lo repetí y él lo apuntó.- Bien, Salasdeberry y Caravaca, miraré algo y te digo pero el arroz y la mistela no te los perdono.
- Corren de mi cuenta, Otero, pero no me dejes eso, me corre prisa.
- Me pongo a ello en cuanto colguemos.
- Espero tu llamada, adiós.
- Cuídate, Salva.


Tomé una aspirina con el café, puse agua y comida en los cuencos del gato, me duché, me afeité y esperé a que me alcanzará la inspiración sentado frente al ordenador pero lo que me alcanzó en mitad del cerebro fue de nuevo el timbrazo del teléfono.

- Diga
- Buenos días, soy Beltrán.
- Ah, buenos días, Beltrán, ¿qué tal Salasdeberry?
- Bien, gracias, por eso le llamaba ya ha vuelto a casa y mañana sale de viaje, ¿podría usted venir a lo largo de la mañana?.
- De acuerdo, en un par de horas estaré allí. Una cosa, Beltrán, ¿le ha dicho usted a Salasdeberry que no tengo intención de escribir ninguna biografía?
- Si, se lo dije pero aún así está muy interesado en hablar con usted.
- De acuerdo, pues a las doce estaré allí.


Intenté escribir sin éxito durante unos diez minutos, miré por la ventana otros tantos, me peleé con el gato (perdí) y al final, cuando ya no sabía que más podía hacer, Claudia llamó a la puerta. Creo que ya he dejado dicho que Claudia es una mujer hermosa, menuda y tiene una bonita melena castaña que supongo, se torna rubia bajo el sol del verano. Me tiende un sobre, la invitación oficial para el próximo sábado y le pido que pase pero lleva prisa y no puede, me explica

- Es la invitación oficial, una tontería, pero...- me dice
- Bueno, pensaba ir con o sin invitación
- Vale, ya nos veremos entonces.

Es cierto o, tal vez, sólo lo vea condicionado por la frase de Puri sobre la tristeza en la historia de Claudia, que siempre la rodea un hálito de melancolía, como esas personas que han perdido algo muy querido y aún no han acabado de acostumbrarse a ello. Claro que también podían ser todos los besos que nos ofrecimos en el portal pesasen demasiado entre nosotros. La oí bajar las escaleras con la sensación de que aún faltando sólo dos días para el sábado se me iban a hacer eternos.


Beltrán me esperaba en la puerta, nos dimos las manos y me acompaño hasta el despacho de Salasdeberry. Era un despacho enorme, con grandes ventanas al jardín, una pared repleta de fotografías de altas personalidades del país con alguien que supuse Salasdeberry, algún diploma aquí y allá que parecían estar puestos más para equilibrar visualmente que para otra cosa. En otra de las paredes colgaban algunos cuadros, oleos y acuarelas, todos realistas y originales. Nos sentamos frente a la mesa a esperar a Salasdeberry pero no estuvimos mucho tiempo solos, al cabo de unos minutos apareció por una puerta lateral disimulada perfectamente en una de las paredes. Yo sabía que estaba a punto de cumplir los ochenta años pero no aparentaba más de sesenta. Era alto y caminaba muy estirado, con seguridad. Me sonrió cuando me apretó la mano.

- Es un placer tenerle aquí, señor Montalbán y siento mucho no haber podido recibirle el primer día pero...
- No se preocupe, ya me explicó Beltrán lo que ocurrió. ¿Esta usted bien?
- Perfectamente pero los médicos insisten por cualquier cosa para redondear sus minutas.


Más o menos la conversación fue por esos derroteros hasta que Salasdeberry, con un gesto disimulado pero demasiado enérgico para pasarme desapercibido, despidió a su secretario.

- Ya me ha dicho Julio que no le interesa escribir mi biografía lo cual le honra porque lo ha dejado usted claro incluso antes de escuchar las contraprestaciones. Pero ahora, si me permite, me gustaría preguntarle ¿por qué?.
- Verá nunca he sido lector de biografías y mucho menos he escrito nada parecido así que no me considero el hombre apropiado para escribir la suya.
- Vamos, vamos, usted y yo sabemos que eso no es una razón suficiente aunque la aceptaré, por supuesto, pero léase, por favor, el contrato que hemos redactado.


Cogí las hojas y comencé a leer. Me garantizaban veinte mil euros a la firma del mismo, veinte mil más en cuanto empezase a tomar los primeros datos y los restantes cuarenta mil al poner el punto final. Había unas cuantas cláusulas pero sólo una de ellas me interesó. Decía más o menos que el propio Salasdeberry daría el visto bueno a lo escrito sin que yo pudiese hacer nada. Le devolví los papeles.

- ¿Qué le parece?- me preguntó.
- No me interesa.
- ¿No le parece suficiente dinero?
- Nada de eso, pero yo escribo novelas, ya se lo he dicho. Hay muchos otros escritores por ahí que estarían dispuestos a escribirla.
- Ya, pero usted vive aquí y me gusta su estilo, su forma de contar.
- Lo siento pero no aceptaré
- Es una pena confiaba en que llegáramos a un acuerdo. Mario me habló muy bien de usted y en la editorial, con la que acaba de poner fin a su contrato, y a pesar de su retraso en la entrega de la última novela, también se mostraron favorables. Como ve, todo eran buenas referencias.- iba a decir algo pero con un gesto, otra vez demasiado enérgico, me cortó- espere, Montalbán – también me apeaba del señor- este contrato no sólo acaba aquí yo podría abrirle algunas puertas con nuevas editoriales, con otros periódicos de ámbito nacional.
- Mire, Salasdeberry, estoy bien como estoy, he llegado a ese punto en que me conformo con muy poco, a ese punto en el que no estoy dispuesto a que nadie me ponga límites en mi trabajo.
- Todos tenemos límites.
- Es cierto, pero en mis novelas los pongo yo.


Beltrán, que debía estar esperando muy cerca, apareció de inmediato. Me despedí de Salasdeberry fríamente y volví a seguir hasta la puerta a Beltrán.

- ¿No ha aceptado?.
- No, Beltrán, no me interesa este trabajo, ya se lo dije.

Aunque no perdió su compostura dibujo una sonrisa que sus ojos oscuros desmentían.

- Tenga cuidado, Montalbán, don Eduardo es un hombre poderoso y está acostumbrado a salirse con la suya.
- Lo tendré.



Cuando llegue a casa no espere a que Otero me devolviera la llamada, marqué y esperé un buen rato hasta que volví a oír su graznido.

- Otero al aparato
- ¿Otero al aparato?.- le contesté.
- Joder, Salva, ya sabes que estoy chapado a la antigua y para mí esto es el aparato, como la cámara de retratar es la cámara de retratar.
- ¿Tienes algo?
- Algo tengo, es una pieza ese Salas no sé que tuyo, pero ya lo sabías, ¿no?
- Lo intuí en cuanto vi la poca información que hay sobre él, cuando alguien se dedica a limpiar su pasado con tanta eficacia es que esconde algo, pero no sé el qué.
- Mira, Salva, aprovechemos la ocasión, te subes a Valencia, me invitas y charlamos.
- ¿Mañana?
- Perfecto.
- Hasta mañana, pues.


“Vaya - le dije en voz alta al gato- con cuanta gente tenemos que hablar, Mario, Juancho, Otero”, y como siempre, el gato, no dio importancia alguna a todas esas cosas.
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Radelassi
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Registrado: 11 May 2004
Mensajes: 145

MensajePublicado: Thu Nov 17, 2005 9:47 pm    Asunto: Responder citando

Hola "Mosto":

Que nada, eso que ya sabes... una chorrada, pero hasta las chorradas hay que saber escribirlas bien... ¿O no?

Jajajaja. Bueno te digo esto por no ponerte pegas. Come me has dicho que no lo haga... jajajajajajajajaajja

Saludos y en serio. Muy bien.

Radel.
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