Edno Azzuri ¨¨¨

Registrado: 08 Apr 2005 Mensajes: 64
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Publicado: Thu Dec 01, 2005 2:23 pm Asunto: LA HIJA MUERTA |
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No quiso pensar ni decir. Aceptaba los apretones de mano y las palabras cálidas que pretendían ser reconfortantes y solidarias con renuencia, como si aceptar aquellas manos o poner oídos a aquellas palabras fuesen una tarea fatigosa o imposible. Estaba vacío y no sentía nada si entendemos por no sentir nada a sentir sólo un frío duro en los huesos, un frío terrible en el alma. Miró a su mujer ,que lloraba mansa, rodeada de gente que se apiadaba de ella y de su sufrimiento. Miró a su mujer y la vio hermosa como siempre lo había sido. Su mujer, que harta de su infidelidad y de sus mentiras, le había pedido el divorcio una tarde de invierno, cinco años atrás. Su mujer, la misma que lloró amargamente cuando él se fue de casa e intentó, a modo de despedida, besarla por última vez antes de irse definitivamente. Luego, tras la separación, se vieron poco y casi siempre para temas cotidianos: el cumpleaños de su hija, problemas en los colegios, visitas al banco para arreglar papeles ...,nada que pudiera dar lugar a un encuentro para reconfortarse, para dejar de sentirse ajenos, para poder volver a amarse o intentarlo de nuevo... Enrique, más viejo y más triste que nunca, le dio un abrazo largo y le beso en la mejillas y le dijo lo mucho que lo sentía. Estuvieron un rato así, abrazados en medio de la sala, silenciosos ambos. Luego, se deshizo el abrazo y vio como Enrique beso a su mujer con delicadeza, sin dejar que se levantará del sillón, incluso llego a sonreírla con una mueca triste.
La noticia fue un timbrazo a las cuatro de la mañana que le despertó de un sueño que no podía recordar y fue como entrar en otro sueño, triste, amargo e irreal. La voz de la mujer, debía ser una mujer joven e imagino que rubia sin saber por qué, le dijo que su hija había fallecido en un accidente de tráfico esa madrugada. El aún con el sueño instalado en la cabeza, la boca pastosa y un regusto metálico en la lengua, se echo a reír como si alguien le estuviese gastando una broma cruel (se han equivocado, esto no es para mi, esto es para otro desgraciado que aún duerme en esta noche extraña.- pensó). La mujer repitió el mensaje y luego de darle la dirección del hospital colgó y dejo un zumbido de insectos en la línea telefónica. Recuerda que se vistió sin prisa, que no lloró en ningún momento, que arrancó el coche y condujo despacio por la autopista desierta a esas horas, que vio el luminoso amarillo del hospital en la distancia y que se imagino que la broma, más cruel y más estúpida, acababa allí y que sonreiría con ganas cuando todo acabara y volvería a su cama y a sus sueños. Recuerda también que aparcó, que preguntó y alguien le acompaño por pasillos repletos de puertas y se dio cuenta de que toda esa broma no era tal y no podría sonreír, tal vez ya nunca. El hombre le indicó una sala, “sala número 1” se podía leer en un cartelito sobre la puerta, y luego le dijo adiós y desapareció como si no hubiese existido. No quería abrir aquella puerta, como si al abrirla todo tomará cuerpo y todo fuera ya definitivo. Una enfermera, una mujer mayor, la abrió y la dejo abierta para que él pudiera pasar. Era una sala pequeña, cuadrada, con una mesa rectangular y baja y sillones corridos de falsa piel, pegados a la pared; al fondo, otra puerta (“esa es la puerta que no debo abrir.- se dijo.- esa es la puerta que hará que todo esto funcione como un truco perfecto de magia”). Se sentó, se dejo caer en uno de los sillones y sintió frío allí solo y deseo encender un cigarrillo, pero había dejado de fumar. ¿Alguien había avisado a su mujer?. ¿Debía llamar él?. Un médico, un hombre alto y delgado de mediana edad, le explicó despacio, como se le explican las cosas a los niños, dejando breves silencios entre frase y frase para que él pudiera preguntar o dejar de hacerlo. Cuando acabó le dio el pésame y salió de la sala dejando un olor a medicinas...
El cura dijo unas cuantas cosas, él no entendió nada y le oía lejano. Aquel sonsonete le recordaba más a un vendedor ambulante que a un sacerdote. La gente estaba de pie, tanta gente que abarrotaba la sala y atendían la misa desde el pasillo. Su mujer se santiguaba y él copio el gesto sin estar seguro de nada. Le dolía la cabeza, tenía la garganta inflamada y una sensación de no ser él quien estaba allí, de no ser él quien había perdido a su hija, su única y adorada hija; de que la broma, a fin de cuentas, seguía en marcha, a pesar del sufrimiento que le producía y de que en algún momento todo acabaría. Enrique, el amigo, el escritor de cuentos imposibles, (Tal vez sea él el urdidor de todo esto y ahora se me acerque y me diga. “Ya todo se ha acabado, ahí tienes a tu mujer y ahí tienes a tu hija” y pusiera fin a ese dolor innecesario) pero no, Enrique se situó a su lado y le tomó del brazo, en un gesto protector y femenino, y le obligó a caminar despacio, tirando de él como si se hubiese convertido en su voluntad y en su conciencia.
Se encontraron en una cafetería en el centro de la ciudad. Ella ya estaba allí, sentada frente a una taza de café y mirando por el ventanal. Llevaba unas gafas de sol anticuadas, demasiado grandes, a la moda de unos años atrás y a pesar del tiempo lluvioso y del cielo encapotado. También pidió café y se sentó frente a ella. Encendió un cigarrillo, había vuelto a fumar sin querer, y se imagino los ojos rojos por el llanto tras las gafas enormes. Estuvieron hablando durante más de una hora sin citar en ningún momento a la hija muerta. Hablaban sin parar, como si parar fuese la señal para levantarse y despedirse para siempre. Cualquiera que se hubiese detenido un momento para verlos hubiera dicho que eran una pareja de mediana edad que hablaban de amor y él sintió que sí pudiera besarla en ese instante en que ella decidió callarse emocionada, evitando llorar en medio de la gente, evitando llorar frente a él, hubiese podido hacer que todo empezará de nuevo...
Se despidieron en la calle, él esperó hasta que el t i arrancó en medio de la lluvia y ella le decía adiós con la mano como si fuese una despedida para siempre.
Meses más tarde, en un principio de verano azul y violento, acudió al cementerio con un ramo de flores de colores vivos. Había poca gente a esas horas de la mañana y un jardinero canturreaba ajeno a las tumbas y a los muertos. Era un cementerio gigantesco, desproporcionado, un terreno baldío en medio de la ciudad. Encontró la tumba, blanca, sencilla, con una pequeña cruz grabada en el mármol, dejo el ramo y permaneció allí mirando aquella muerte inútil, imaginando un futuro distinto e imposible. “Tanto tiempo desperdiciado, tanta promesa incumplida” pensó y se arrepintió en el momento de ello porque era un reproche, como si la culpa de todo aquello fuese de su hija, como si ella hubiese decidido poner punto final y dejarles todo aquel dolor infinito. Estuvo llorando un rato, era la primera vez que lo hacia y lloraba desconsoladamente, lloraba como si expulsará veneno y así se sintiera mejor. Se fue llorando solo, entre calles de lápidas y tumbas. El jardinero, cuando vio su rostro y sus lagrimas, dejo de canturrear y con un gesto antiguo, le saludo levantándose la gorra.
(Este cuento lo escribí hace ya un tiempo pero me atrevo a ponerlo aqui después de recibir una mala, absurda, noticia que me hizo pensar en el.) |
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