
Middlesex
por Groucho Allen
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Es
una suerte que nunca haya cumplido mi objetivo de confeccionar una lista
con los diez libros que más y mejor me han impresionado. Es una suerte
porque, a estas horas, estaría devanándome los sesos valorando cuál debería
desplazar en beneficio de la novela que vengo a comentar aquí.
Hace poco menos de 24 horas que llegué a la última página de «Middlesex»,
de
Jeffrey Eugenides, y todavía me encuentro afectado por ese síndrome, esa
sensación de soledad y desconcierto tan propia de quien rompe con su amante.
Esta obra fue ganadora del Premio Pulitzer de 2003 y considero que
el premio
no es poco. Dicen que el autor un día podrá ganar el Nobel de Literatura y
creo que el pronóstico no es exagerado.
Lo cierto es que leí algunas ponderaciones, similares a éstas que
ahora hago
yo, en varias críticas que leí tiempo atrás, y me animé a comprar el libro
con ese recelo y ese escepticismo que resulta tan beneficioso para guardarse
de frases mercadotécnicas y promociones publicitarias.
Con esa desconfianza, que en este caso no es fruto tanto de la
experiencia
como de la inocencia, he ido asistiendo a una historia portentosa. No sólo
la historia de su singular protagonista y narrador/a, sino también las
historias de sus ancestros. Porque esta es una historia de historias y a
través de la Historia. La historia, a principios de siglo, de una pareja de
amantes que deja Grecia, la tierra que tanto aman, para escapar a
regañadientes hacia Estados Unidos en busca de una vida mejor. A
regañadientes, porque la alternativa es morir a manos de la miseria o de los
invasores turcos.
Quizás hasta aquí el argumento no haya cautivado especialmente la
atención
del lector de este comentario. Quizás lo consiga si desvelo algo que queda
expuesto a las primeras de cambio en la novela y que, por tanto, no supone
ninguna transgresión. Porque la transgresión reside en esa pareja de amantes
que son, a su vez, hermano y hermana.
Semejante endogamia no será un suceso excepcional en esta genealogía.
Antes
bien, cuenta con antecedentes y con continuaciones, de modo y manera que
quien narra, en primera persona, todos los avatares no es sino la nieta de
los incestuosos. Nieta y también hija, porque fruto de ese coito fraternal
fue un varón que vino a continuar con el rito de la consanguineidad con una
prima.
¿Nieta y también hija he dicho? Pues también diré que nieto y también
hijo,
porque Calíope, que así se llama la narradora, pasará a llamarse Cal un día
de su adolescencia. El día en que una mutación genética, producto de la
redundancia de su ADN, transforme a la mocita en todo un muchachito.
Quizás un juicio precipitado sobre lo hasta aquí dicho pueda
llevar a pensar
que se trata de una novela que acumula escenas abracadabrantes, una sobre
otra, acerca de, quizás, el último y más ancestral tabú de la humanidad.
También puede considerarse que se aborda una historia tragicómica, de los
contrastes de un travesti natural. Pero esa opinión apresurada sería un
error tan monumental como monumental resulta esta novela. E incluso
resultaría una grosería, a la vista de la elegancia y delicadeza con la que
el autor aborda hasta los asuntos más frágiles del argumento.
De este modo, es más que probable que si menciono una escena de
seducción
-exquisitamente erótica- entre dos protagonistas, y en la que un clarinete
es fuente de placer para ambos, se llegue a pensar, más pronto que tarde, en
un incisivo uso del instrumento. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.
El autor consigue orquestar un trío entre hombre, mujer y clarinete que
estremece a cualquiera, a poco sensible que sea a la belleza. Y al sexo.
Y sexo de verdad, el más natural del mundo. No un sexo relatado
como una
coreografía de movimientos, a la manera de una película porno donde
cualquier giro o cualquier acción viene definida por un ensayo previo. El
sexo, en «Middlesex», viene acompañado de la ingenuidad de la primera vez,
de la torpeza de la inexperiencia...
Siendo una historia que narra uno de sus protagonistas, cabría
preguntarse a
qué ingeniosos recursos habrá recurrido el autor para que la narradora pueda
relatar sucesos que acaecieron décadas antes de su nacimiento. Sin embargo,
toda vez leído el libro, creo que «ingenioso» es un epíteto que se queda
corto, y me atrevería a emplear incluso el adjetivo «sabio» para definir
cómo Eugenides ha sabido orquestar el modo en que Calíope asistió al
cortejo de sus abuelos y padres.
Al tiempo, el libro constituye un válido ejemplo para constatar cómo
la
inmigración constituye un medio más mediante el cual las sociedades se van
regenerando. Si se me permite el juego de imágenes, de cómo la mezcla de
sangre enriquece a las personas. Desde la llegada de esa pareja incestuosa a
América, hasta la naturalidad con que Calíope se desenvuelve en su entorno,
la novela desgrana cómo cada cual tiene su patria en su infancia. A su vez,
también es un claro exponente de eso que tanto gusta a los estadounidenses,
que es que les cuenten cómo se formó su país.
Pero también deviene una excelente lección para quienes todavía
guardan
prejuicios acerca de cualquier sexo u orientación sexual. Cualquier, he
dicho. Porque la protagonista de Calíope representa, por su naturaleza
mestiza, el mejor exponente de que el sexo, o la orientación sexual, es un
rasgo que está siempre supeditado a otro mucho mayor: la condición de
persona.
Y si me preguntaran algún día qué destacaría de Jeffrey
Eugenides en
«Middlesex» diría que el movimiento, el cambio, la evolución. Resaltaría
una
capacidad asombrosa para transmitir la devastadora labor de un incendio, o
su poder para detener la fuerza de la gravedad...
Y si me insistieran en que apuntara algún pero, creo que diría
que la novela
nace como un modo del narrador de explicar su historia a la persona que más
quiere. Pero esta excusa narrativa resulta estéril y, a la postre, queda
relegada a un papel meramente accesorio en esta novela. Pero ello no quita,
lo más mínimo, para que siga alegrándome de no haber confeccionado esa lista
de los diez libros que más y mejor me han gustado.
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